Ariel Torres (E. Dahl-La Nacionline)Pronósticos de un tiempo sin alma -sobre el futuro

Hace unos días, Ian Pearson, de la unidad de futurología de British Telecom (www.bt.com), predijo que para 2050 se podrá descargar nuestra mente a una computadora. De esta forma, sugirió, si uno se muere -cosa que, normalmente, está fuera de discusión-, no será un gran problema. Se deduce que, clonación por medio, sólo será cuestión de volver a grabar nuestra mente en el nuevo cuerpo para que eso de fallecer se convierta en reliquia de museo.
Tiempo, referí
Claro, mirando la velocidad con que avanza la tecnología, la afirmación tiene lógica. Sin embargo, el progreso no es ni por asomo igual de rápido en todos los campos.
Por ejemplo, desde fines de la década del 50, con Noam Chom- sky a la cabeza, los científicos han intentado desentrañar los secretos del lenguaje humano. Siguen sin conseguirlo tras casi cincuenta años; el lenguaje es, a todo esto, una parte de la mente, no toda la mente.
Pero hay algunas otras cuestiones dudosas en este vaticinio. Supongamos que, por fin, en el curso de las próximas décadas logramos darles a las máquinas un lenguaje, una mente e incluso eso inasible pero evidente que denominamos conciencia. En la práctica sólo quedará apretar Enter para guardar todo aquello que no es el cuerpo en una memoria electrónica. Genial. ¿Brindaremos? ¿O nos dará un poco de miedo presionar esa tecla? Quizá nos olvidamos de algo. Del alma, por ejemplo.

Aunque personalmente me resulta simplemente inaceptable el definirnos como una matriz de datos y descartar la existencia del alma inmortal, hagamos de cuenta por un instante que se logra el éxito. En su nuevo cuerpo, el sujeto renacido desde la máquina es idéntico al anterior. Siente, de hecho, que su alma está intacta. Tal vez también su fe.

Pero incluso frente al éxito surgen dos problemas, por lo menos.

El primero es que esa persona tendrá recuerdos de cosas que no le ocurrieron. Oh, sí, bueno, podría decirse que es como si le hubieran ocurrido. Pero no fue ese cuerpo el que transitó por las experiencias que rememora. Recién resucitado, no es una tabula rasa y, sin embargo, lo es. Me pregunto qué le pasará a un cuerpo que recuerda el hambre, pero que todavía no la ha experimentado; que recuerda el palpitar delicioso del amor, pero no lo ha vivido; que sabe que sintió miedo y sudó frío, pero en realidad nada de esto ha pasado. Todavía.
Ahí sentado en la camilla, recién renacido, este sujeto podría sentir que las cosas no están del todo bien.
Segundo problema: ¿quién quiere vivir para siempre? Para casi todas las personas en la Tierra la inmortalidad está relacionada con sus creencias religiosas, no con seguir respirando.
Pero si acaso nada más que los agnósticos se sometieran a la transfusión mental, ellos mismos sentirían, más tarde o más temprano, que esto de la inmortalidad o, para ser más preciso, la amortalidad, no les sienta bien, que sin la muerte la vida tiene como un sabor edulcorado; o se convierte en un commodity. Así, la trascendencia y el sentido vienen a ser tan ingenuos como las pinturas rupestres de los trogloditas. Bueno, como cualquier pintura, como cualquier iglesia, como cualquier sinfonía, como cualquier acto de valentía, como cualquier logro.
Y, ciertamente, esto no sería lo peor. Lo peor sería que algo saliera mal y que esa mente consciente no pudiera ser trasvasada a un nuevo cuerpo y quedara presa en la máquina. En cuyo caso, lejos de lograr la inmortalidad habríamos inventado una nueva forma de muerte.
Yo diría un nuevo tipo de infierno.
Por Eduardo Dahl   Link corto: http://www.lanacion.com.ar/711862

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