Argentina segun Enrique Pinti

LA ARGENTINA SEGUN ENRIQUE PINTI ¿Adultos o adúlteros?

Alguien nos obliga a punta de pistola a elegir tal o cual actividad, vocación, trabajo o profesión? Es posible que, sin llegar al revólver en la sien, a veces los padres presionen a sus hijos a entrar en tal o cual carrera por tradición familiar, conveniencia económica o mandato emanado de la propia frustración paterna. Algo así como: "Vas a ser todo lo que yo quise ser y no pude". O sea, tomar a los hijos como proyección de sus ilusiones no cumplidas y concreción de sueños no realizados.

Es posible que mucha gente realice tareas que detesta, pero que hace porque de algo hay que vivir. Todas, o casi todas, las profesiones caen en la volteada. Sin embargo, también existen las vocaciones, donde no entran ni deseos paternos, ni órdenes, ni tradiciones ni nada que no sea la propia y libre voluntad personal e individual. Esas vocaciones que se abrazan por gusto, por amor, por pasión, por manía, por metejón y desafío al destino.

Quien se anote en la privilegiada lista de los que eligen qué hacer en la vida debería saber que, a cambio de la dicha infinita de darse el gusto mayor al que puede aspirar un ser humano, tendrá que dar todo de sí para que su cometido sea impecable. Debe saber que cualquier falla, negligencia o distracción le será enrostrada sin piedad y no podrá contestar con un "y bueno…, hice lo que pude; esto es muy difícil", porque un coro desaprobatorio podrá contestarle: "Si es muy difícil, entonces no lo haga; nadie lo obligó; ha sido su elección".

Desde luego que no hay ser humano que no cometa errores. Nadie intenta desde estas líneas afirmar que el margen de equivocaciones que pueden cometer médicos, abogados, artistas o políticos (todos "vocacionales") tiene que ser nulo o inexistente. Pero, ante la catarata de irresponsabilidades que por estos lares afecta la "cosa pública", conviene reflexionar sobre la naturaleza de algunos hechos que exceden la tolerancia del sentido común más o menos "normal".

No hay excusa para hacer mal un trabajo (vocacional o no); no hay disculpas ni debe haberlas para la negligencia, la indiferencia o la desprolijidad. Desde el plomero y el gasista hasta las máximas autoridades, pasando por todas las profesiones, vocaciones y voluntariados, deben tener el profesionalismo y la excelencia como metas prioritarias. Muchos lo hacen, y ésa es la razón por la cual nuestro país sigue estando en el mapa y no se ha desintegrado. Muchos no lo hacen y ésa es la causa por la cual la Argentina no termina nunca de salir del estancamiento.

Los políticos se enojan cada vez que el "supuesto" soberano los acosa con reclamos que surgen del despojo, la falta de trabajo, la poca rentabilidad de los salarios, la inseguridad y la falta de ejemplos de honestidad. Los políticos de todos los partidos se rasgan las vestiduras ante cada exigencia popular y parecen ignorar que nadie los obligó a seguir la más difícil profesión de nuestros tiempos, nada más y nada menos que la política, el arte de gobernar, el delicado equilibrio entre el deber y el poder, la llave que abre o cierra todas las puertas. Metidos en la arena pública por propia elección, sin madres ni padres presionando, sin otra motivación que la de creerse con las condiciones para tan ardua tarea, a cada flagrante error (de genocidios a corralitos pasando por catástrofes evitables) con lo único que contestan es con estrategias, golpes de efecto, frases y palabrerío hueco.

Desde el llano, elegido también libremente, lo único que uno se pregunta es: ¿Por qué se meten a hacer lo que no saben? Y la otra gran pregunta sin respuesta: ¿Cómo nos dejamos engañar? ¿Por qué no exigimos antes de que sucedan cosas irreparables? ¿Por qué dejamos llegar a los más altos puestos a ignorantes, impresentables, mafiosos, corruptos o inútiles? ¿Llegaremos a ser adultos o continuaremos siendo adúlteros?

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